En la batalla de Toro se decidió el destino de las Españas.
Este enfrentamiento puso fin a la guerra de sucesión que durante más de diez años se libraba entre los partidarios de la legitimidad de Isabel, la futura reina Católica, y aquellos que defendían los derechos sucesorios de Juana la Beltraneja, hija incierta de Enrique IV el Impotente. Ambos bandos congregaban a su alrededor a parte de la nobleza leonesa y castellana, dividida en sus lealtades, así como a altos cargos de la Iglesia católica, señores feudales y caudillos militares por derecho propio.
Esta rivalidad cristalizó en una guerra civil y atrajo a las tierras hispanas a las tropas del rey de Portugal, Alfonso V el Africano, a la sazón marido de Juana. El final de la contienda se dirimió en la llanura de Peleagonzalo, el 1 de marzo de 1476, en una jornada que terminó con la victoria de Isabel y su marido Fernando, príncipe heredero de la Corona de Aragón.
La batalla se libró de noche y duró cuatro horas; fue un combate corto pero en extremo sangriento. No fue una batalla grandiosa ni legendaria, pero sí fue fundamental para el futuro de las Coronas de Castilla y Aragón, cuya unión dio como fruto la España que conocemos hasta hoy.
Esta novela no es solo el relato de un hecho de armas épico, es una narración donde fluyen sentimientos, dudas, reflexiones, aciertos y culpabilidades; donde se analizan las consecuencias políticas de las decisiones de una Isabel en la encrucijada de su legitimidad y un Fernando que, pese a su juventud, ya destacaba como consumado estratega militar.
No es fácil adentrarse y aportar novedad en la temática histórica de "Los Comuneros" toda vez que ha sido estudiada y documentada por prestigiosos historiadores por su carácter referencial y significativo.
En el siglo pasado recorría los caminos leoneses un arriero nacido en Sanabria. Era alto, grande, exorbitante, colosal… con unos largos y fuertes brazos acostumbrados a levantar los sacos de trigo y los pellejos de vino. Sus inmensos ojos azules le llenaban de luz la tez ennegrecida por el sol y el viento de Sierra Culebra