La reina que se atrevió a vivir: Urraca I
Detrás de la corona de Urraca I de León hay un padre obsesionado con un heredero varón, un marido que la maltrataba, un amante que murió por ella y un hijo escondido. Las curiosidades menos conocidas de la primera reina que gobernó sola en la Europa cristiana.
Hubo una reina a la que un cronista de su propio siglo acusó de "reinar tiránica y mujerilmente" solo por atreverse a gobernar sin depender de ningún hombre. Una reina a la que casaron por primera vez a los seis años sin preguntarle nada, que sufrió un matrimonio con un rey violento, que perdió dientes en un motín popular, que amó a hombres que se jugaron la vida por ella, que tuvo que esconder a uno de sus hijos con tanto sigilo que el propio nombre que le pusieron delató después el secreto, y que, sabiendo que se moría, tuvo tiempo de elegir dónde hacerlo.
Se llamaba Urraca I de León, y fue la primera mujer que reinó por derecho propio, sola, en toda la Europa cristiana occidental. Pero reducirla a ese titular es quedarse en la superficie.
Esto es lo que casi nadie cuenta de ella.
Nacer siendo una decepción
Urraca nació en 1081, hija de Alfonso VI y de su segunda esposa, la princesa borgoñona Constanza. Y desde el primer día fue, en cierto modo, un chasco: su padre esperaba un varón. Cuando quedó claro que la reina Constanza no podría tener más hijos, Alfonso VI pasó buena parte de la infancia de Urraca buscando cómo esquivarla en la sucesión. Llegó incluso a casarse con Zaida, una princesa musulmana bautizada como Isabel, con la esperanza de tener por fin un heredero varón — lo que consiguió con el nacimiento de Sancho en 1093. Desde ese momento, y hasta que la muerte truncó los planes de su padre, Urraca dejó de ser la heredera oficial del trono simplemente por haber nacido mujer.
Pese a todo, recibió una educación notable para la época: equitación, caza, las disciplinas propias de quien está llamada a dirigir un ejército. Guardó tanto cariño a uno de sus maestros, un clérigo llamado Domingo Flacóniz, que casi treinta años después, ya siendo reina, todavía le recompensó públicamente por lo que le había enseñado de niña.
Una boda a los seis años
A los seis la prometieron con Raimundo de Borgoña, un noble bastante mayor que ella. Nadie le preguntó nada, era, literalmente, una pieza de intercambio político, aunque una pieza muy valiosa porque llevaba unida el trono de León. Se casaron en 1093, cuando ella cumplió los doce años, la edad mínima permitida entonces. Ese mismo año murió su madre y nació su medio hermano Sancho. Urraca pasó de heredera del trono a simple condesa consorte de Galicia, un notable descenso de estatus por el simple hecho de tener marido.
Sin embargo, hay pequeñas grietas en ese guion de sumisión. En 1105, un fuero concedido a los habitantes de Compostela junto a su marido incluye, cosa rarísima para la época, tanto a "varones como mujeres" entre sus beneficiarios. Y en ese mismo documento, en vez de aparecer como "la esposa del conde", firma como "Urraca reina", un matiz que no pasaba desapercibido, nada en esos títulos era casual.
Viuda a los 27, huérfana de trono a los 28
Raimundo murió en 1107. Urraca, con 27 años, se quedó al frente de Galicia como «señora de toda Galicia» (totius Gallecie domina). Un año después moría también su medio hermano Sancho, luchando contra los almorávides, y con él se esfumaba de golpe el plan de su padre de dejar el trono a un hijo varón. Urraca volvía a ser la heredera legítima.
Cuando Alfonso VI murió en 1109, el duelo duró ocho días en los que, dice la crónica, "ni de día ni de noche faltó lloro". Urraca presidió los funerales de su padre como su primer acto de reinado.
El matrimonio que nunca debió pasar
Antes de morir, su padre le impuso un segundo matrimonio por pura estrategia política: Alfonso I de Aragón, "el Batallador", su primo segundo. En realidad, Urraca estaba enamorada de otro hombre: el conde castellano Gómez González, a quien había elegido ella misma, por deseo propio y no por conveniencia. Pero la nobleza que la rodeaba le separó de su lado y la casó con el aragonés contra su voluntad.
El matrimonio fue un desastre desde el primer día. El Batallador era, según las crónicas, un hombre violento con un fondo de misoginia evidente, y la relación llegó a incluir malos tratos. El contrato matrimonial, además, obligaba a Urraca a comportarse como buena esposa con su "señor y esposo" (en lenguaje feudal). Pero lo que de verdad la aterraba no era eso: temía que su marido quisiera matar a su hijo pequeño, Alfonso Raimúndez, para quedarse él con el trono. Así lo denunció ella misma, según recoge la Historia Compostelana.
"Roto el para mí vergonzoso matrimonio"
La ruptura llegó en 1110, y aquí las crónicas se pelean por contar una versión distinta según de qué lado estén. El cronista Jiménez de Rada, dos siglos después, escribió que fue Alfonso el Batallador quien la repudió (la palabra elegida para dejarla a ella como la culpable). Pero los cronistas que vivieron los hechos cuentan otra cosa: fue Urraca quien tomó la iniciativa.
"La reina, habido su consejo con los suyos, deliberó hacer divorcio y separación del marido, y se tornó a León", cuenta la Primera Crónica de Sahagún.
Y en la Historia Compostelana queda registrada, en primera persona, su propia frase:
"Hecha la separación y roto el para mí vergonzoso matrimonio".
El Batallador no se lo puso fácil, al saber que el arzobispo de Toledo impulsaba la anulación, llegó a encerrarla en la fortaleza de El Castellar.

Fortaleza de El Castellar donde estuvo cautiva Urraca I. Situada en la Ribera Alta del Ebro (Zaragoza)
La rescataron sus aliados. El papa anuló el matrimonio en 1114 por consanguinidad. Urraca no volvió a casarse jamás.
El amante que murió luchando por ella, y el hijo que hubo que esconder
Libre ya del Batallador, Urraca retomó su historia con Gómez González, el hombre al que siempre había querido. Pero apenas les dio tiempo: murió en 1111, luchando por ella, en guerra contra el mismo exmarido de Urraca, el rey de Aragón, el cual estaba furioso por la separación.
Tras la muerte de su amado, llenó su corazón el conde Pedro González de Lara, con quien mantuvo una relación estable hasta el final de su vida:
"Este conde Pedro, según se rumoreaba, encadenado por los firmes lazos del amor, solía galantear a la reina", escribe la Historia Compostelana,
y añade que gracias a ella tenía en su poder Castilla y buena parte de Tierra de Campos.
La relación no gustó a todos: un grupo de nobles, envidiosos de su cercanía a la reina (corría el rumor de que Pedro le había llegado a proponer matrimonio) encabezó una rebelión fallida para derrocarlos a ambos.
De esa relación nacieron al menos dos hijos, Elvira y Fernando. Este último cargó de por vida con un apellido que delataba su origen: Furtado, "el hijo a hurto" literalmente, el hijo escondido, el robado, según lo recoge el propio Jiménez de Rada.
El motín de Compostela: la reina que perdió dientes por su pueblo
En 1117, Urraca entró en Santiago de Compostela sin ejército, confiando en negociar una tregua con su antiguo aliado y a menudo rival, el arzobispo Diego Gelmírez. La ciudad se amotinó contra ella: la insultaron, la golpearon y, según las crónicas, perdió dientes en la revuelta. Sitió la ciudad hasta que se rindió, pero eligió no vengarse del obispo que la había dejado sola frente a la turba, un gesto político poco frecuente en la época medieval.
Tesoros y túneles en Galicia
En Galicia, donde pasó buena parte de su vida, Urraca acabó convertida en leyenda popular. Dio a luz al futuro Alfonso VII en un castillo junto al río en Caldas de Reis (Pontevedra), localidad que llegó a llamarse "Caldas de Rex" en su honor.

Castillo de Sobroso
En el castillo de Sobroso (Mondariz) la tradición asegura que escapó en una ocasión por un pasadizo subterráneo, y durante generaciones circularon leyendas sobre tesoros escondidos por la reina: un vecino gallego del siglo XX, Secundino Castro, pasó décadas buscándolos sin éxito, aunque el hallazgo posterior de antiguas minas de agua en la zona sugiere que pasadizos como esos pudieron existir de verdad.
Una muerte que ella vio venir
A sus 45 o 46 años, Urraca se quedó embarazada de nuevo , de Pedro González de Lara, y el embarazo se complicó. No fue un accidente ni una muerte repentina: sabiendo el peligro que corría, eligió retirarse al castillo de Saldaña, cerca de los paisajes de su infancia.

Restos del Castillo de Saldaña
El monasterio de San Salvador de Nogal, próximo al castillo, había pertenecido a su madre.

Restos del Monasterio de San Salvador de Nogal
Y probablemente pesó también la cercanía de su amante, que por entonces controlaba buena parte de Castilla y Tierra de Campos desde esa misma zona.
Murió el 8 de marzo de 1126. Un cronista hostil a ella, autor del Chronicon Compostellanum y escrito en el entorno de su viejo rival el arzobispo Gelmírez, no perdió la ocasión de teñir su muerte de escándalo: dijo que había fallecido de un parto "adulterino", insinuando sin disimulo que el hijo era fruto de su amante. El mismo cronista remató con una frase que resume bien cómo la trató la historia oficial de la época:
"reinó Urraca tiránica y mujerilmente"
Que la acusaran de eso mientras agonizaba es quizás el resumen más cruel de cómo la trató su época: ni siquiera en el lecho de muerte se le permitió ser, simplemente, una mujer enferma. Tuvo que seguir siendo, hasta el último aliento, un problema que juzgar."
Quitándole la corona y los títulos, al final queda una mujer como cualquier otra de su época: se enamoró, la maltrataron, la traicionaron, volvió a enamorarse, se preocupó por sus hijos y tuvo miedo de morir sola. La diferencia es que a ella, además de todo eso, le tocó cargar con un reino entero a la espalda, y no lo soltó.
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Rubén SilvaApasionado de nuestro legado histórico y cultural. Monitor de cultura tradicional leonesa, Técnico especialista en Dinamización del Medio Rural y Desarrollador de aplicaciones web.
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