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Hágase la luz

Por Javier Blanco · 01/03/2026 · 3 min de lectura
Hágase la luz

Historia de la iluminación tradicional: Velas, candiles y la vida antes de la electricidad

 
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Nuestros abuelos o nuestros bisabuelos se alumbraban con velas, candiles de aceite, etc. pero nosotros estamos tan acostumbrados a la luz eléctrica que reparamos en ella ahora que está en boca de todos el aumento desorbitado de la factura de la luz.
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Sin duda las cosas han cambiado bastante y somos incluso más conscientes de ello ahora, que, debido a la situación en la que nos encontramos nos damos cuenta de lo dependientes que somos de la electricidad.
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Sin embargo, no hace mucho que esta ha llegado a nuestros pueblos, en la mayoría de ellos a partir de mediados del siglo XX. En Riofrío exactamente en el año 1.953 comenzó el suministro de luz eléctrica.
 
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En tiempos pasados, en Aliste, cuando la luz eléctrica aún no había llegado a nuestra comarca, había que suplir con otras maneras de iluminar las oscuras casas tradicionales sin apenas luz natural, sobre todo en las cocinas.
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Además de prender «gamones» o «palos de urz» o brezo, se usaban utensilios como candiles o capuchinas de petróleo y aceite cuando lo había, pero antes se utilizaron las velas, primero las «velas de sebo» que se hacían con la grasa de los animales sacrificados pero «fumaban» o echaban humo negro y lo que es peor, apestaban con su aroma.
 
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La alternativa, la cera de abeja con ese color amarillo de la cera pura que se sacaba de las colmenas con los restos que sobraban de sacar «el miel» de los panales. Esos restos se ponían en un caldero con agua caliente para que la cera subiese a la superficie ya que pesa menos y los posos quedan en el fondo. Dicho panal amarillento de cera se hacía sólido al ir enfriando el agua y se sacaba a trozos para mejor manejo, modelándolos luego después de volver a calentarlos al calor del sol o del fuego para finalmente formar las velas manualmente.
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Un hilo por medio hacía de torcida, llamado «pábilo». Se hacían velas delgadas y largas o más gordas y cortas, y las llamadas «córrias» formadas en espiral o «los doblados» que eran en forma de U pudiendo encenderse por ambos extremos.
Las velas alumbraban en el interior de las casas, en la iglesia para los altares y en honor de los difuntos.
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La tenue luz de las llamas de la lumbre en la chimenea era suficiente para iluminar la cocina hasta que esta se extinguía, luego para cenar o estar un rato conversando alrededor del «burrayo» hasta que llegara la hora de irse a la cama se prendía «el candil de lucerina» o petróleo, también de aceite de las que salía empapada «la torcida» o mecha y más adelante algunas lámparas de «carburo».
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Su puesto habitual era colgado de un clavo en la pared de donde se descolgaba para subir a acostarse al «sobrao».
Junto con la vela, de uso interior para alumbrar en las casas y en la iglesia, la capuchina hechas de latón como los candiles.
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El farol, de uso exterior al estar protegido por cristales para evitar que el viento apagase la vela que iba dentro y también evitar incendios, se usaba para ir a las cuadras, salir a la calle.
 
Se colgaba de una estaca de la pared para alumbrar el pajar mientras se llenaba el saco o el cesto de paja, el feije de yerba o en la cuadra mientras se «espachaba» la hacienda.
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Autor

Javier Blanco

No intento «romantizar» épocas de hambre, desigualdad, falta de educación o sanidad pero echamos de menos ese sentimiento comunal de antes. Me conformo con rememorar costumbres no tan perdidas y pellizcar conciencias sobre el peligro de la despoblación. Autor de El Principe Piquirrín: https://laregionleonesa.com/el-principe-piquirrin Grupo: https://www.facebook.com/Rufriyu

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