Encina de San Silvestre
Historia y leyenda de este municipio salmantino, cuna de Juan del Enzina, según la tradición.
Encina de San Silvestre es un pequeño pueblo del oeste salmantino, a 40 kilómetros de Salamanca en dirección a Vitigudino, que guarda con orgullo su pasado leonés, una leyenda milagrosa y el recuerdo del padre del teatro español, Juan del Enzina.
Su historia
La fundación de Encina de San Silvestre se remonta a la repoblación que llevaron a cabo los reyes leoneses durante la Edad Media. El pueblo quedó adscrito al Alfoz de Ledesma, en el Reino de León, y esa dependencia medieval del condado de Ledesma se prolongó hasta el siglo XIX.
Con la creación de las actuales provincias en 1833, Encina de San Silvestre quedó integrada en la provincia de Salamanca, dentro de la Región Leonesa. Así lo cita literalmente el propio Ayuntamiento en su página oficial, que no esconde ese origen, sus vecinos se sienten orgullosos de un pasado ligado al Reino de León desde su misma fundación.

La historia liga además al pueblo con el papa San Silvestre y con San Francisco de Asís, cuya ruta pasa por la localidad.

Su escudo y su bandera se aprobaron el 27 de marzo de 2002: en el escudo aparecen una encina, el báculo de San Silvestre y la espada de San Miguel, y un pergamino con pluma y tintero en homenaje a Juan del Enzina. La bandera es tricolor, con franjas azul, verde y amarilla y el escudo municipal en el centro.
La leyenda
Cuenta la leyenda que hubo una vez una mujer que enfermó de lepra. Las llagas de su piel crecían al mismo ritmo que el rechazo de sus vecinos, y de nada le sirvió la buena reputación que había ganado durante toda su vida. De la noche a la mañana se quedó casi sola, acompañada apenas por algunos familiares, pues muchos otros dejaron de visitarla.
Una prima suya acudía cada día a limpiarle las heridas y a llevarle comida. Una mañana, como de costumbre, fue a una vaqueriza en busca de leche fresca y de un buen queso guardado a salvo del frío del invierno. Al regresar se cruzó con un misterioso ermitaño que descansaba bajo una gran encina. El hombre le pidió algo que llevarse a la boca tras su largo viaje, y la joven no dudó en ofrecerle un trozo de queso y un trago de leche mientras le contaba la desgracia de su prima. Era también su manera de desahogarse después de tanto tiempo dedicada a cuidarla.
El ermitaño, conmovido, le agradeció la comida y se ofreció a acompañarla hasta la casa de la enferma. Al llegar junto a su lecho, tomó el brazo de la mujer, lo acarició con la palma de la mano y lo besó. Las dos se quedaron boquiabiertas: era la primera vez que alguien se atrevía a tocar aquellas heridas. El forastero se despidió deseándole una pronta recuperación, y las dos mujeres pasaron el resto del día sin hablar de otra cosa.
A la mañana siguiente, al quitarle las vendas, la prima estuvo a punto de caerse de la silla. ¡No quedaba rastro de la lepra en el brazo que el misterioso hombre había besado! Retiró el resto del vendaje y comprobó que no quedaban llagas ni marcas. ¡Era un milagro! La joven salió corriendo a contárselo a todo el pueblo.
Los vecinos creyeron que aquel hombre era San Silvestre, pues era el último día del año, su festividad, y recordaron que el santo también había curado de la lepra a un emperador romano. Por eso, en recuerdo del milagro y de la encina bajo la que apareció el ermitaño, se dice que el pueblo recibió el nombre de Encina de San Silvestre.
Juan del Enzina
El vecino más ilustre de Encina de San Silvestre es Juan del Enzina, músico, poeta y dramaturgo, considerado el germen del teatro español. Su verdadero nombre era Juan de Fermoselle, hijo de un zapatero. El sobrenombre "del Enzina" se atribuye a que nació en este pueblo. No existe ningún documento que lo certifique, pero la tradición oral lo ha proclamado de generación en generación durante 500 años, e incluso señala una casa del pueblo como su hogar familiar.
Nació en 1468 o 1469, según se deduce de su "Trivagia" o "Vía Sacra de Jerusalén", compuesta en 1519, en la que escribe: "Los años cincuenta de mi edad cumplidos…".

Formación. Estudió leyes en la Universidad de Salamanca, donde fue discípulo del humanista Antonio de Nebrija y protegido del canciller don Gutierre de Toledo, hermano del duque de Alba.
Nacimiento del teatro. En 1492 entró como maestro de capilla al servicio del segundo duque de Alba. Esa misma Navidad estrenó ante los duques sus dos primeras églogas, consideradas el embrión del teatro profano español.
Cancionero. En 1496 apareció la primera edición de su cancionero, con unos 60 poemas pensados para ser cantados: canciones, villancicos, romances y ocho representaciones.
Tragedia trovada. En 1497 murió de forma inesperada el príncipe don Juan, del que había sido preceptor. Conmovido, compuso la que quizá sea su mejor obra, la "Tragedia trovada".
Catedral de León. En 1519 se ordenó sacerdote y peregrinó a Tierra Santa para celebrar su primera misa en el monte Sion. Ese mismo año el papa León X le dio un puesto en la Catedral de León.
Muerte. Falleció en 1529. En 1534 sus restos se trasladaron a Salamanca y, como era su deseo, fue sepultado bajo el coro de la catedral.
Compuso casi toda su obra literaria y musical antes de los 30 años, y la música formaba parte de todas sus piezas teatrales, que solían incluir un villancico cantado y bailado por los actores. De sus fuentes bebió el mismísimo Lope de Vega. Suyos son también los conocidos versos: "Oy comamos y bevamos y cantemos y holguemos que mañana ayunaremos".
Fiestas y rincones
Encina de San Silvestre celebra dos fiestas tradicionales: la de Nuestra Señora del Castillo, el primer fin de semana de septiembre, y la de San Silvestre, el 31 de diciembre. Entre sus rincones destacan la antigua iglesia de San Miguel, la ermita de Nuestra Señora del Castillo, la Cruz del Humilladero, el puente de la Fuente Grande y los parajes de la ribera y El Hocino.
Encina de San Silvestre
Fuente: Ayuntamiento de Encina de San Silvestre
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Autor
Cristina MartínMadrileña de nacimiento con raíces charras y leonesas. Me apasiona la cultura e historia de mi tierra.
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