Con este libro, los niños —pequeños y mayores— tienen la ocasión de conocer, de una manera amena y atractiva, la historia y las maravillas de esta gran ciudad, que enseña pasado y presente por sus calles y rincones. «El libro llega, a la vez, en un momento y en un mundo en el que necesitamos de raíces, con fundamento, pero sin un vano fervor localista.
León, la antigua Legio, es una ciudad bimilenaria fundada por los romanos cuya historia guarda grandes hazañas y personajes de gran relevancia. Fue capital del reino cristiano más importante de la península ibérica. Uno de sus reyes, Alfonso V, hace ahora mil años, concedió leyes favorables para sus habitantes, por eso se le llama «el de los buenos fueros». Otro, Alfonso VII, llegó a proclamarse emperador; y otro Alfonso, el IX, la convirtió en Cuna del Parlamentarismo mundial al convocar a los representantes del pueblo a la Asamblea Regia. Sus famosos monumentos como la basílica románica de San Isidoro, la catedral gótica de Santa María con sus espléndidas vidrieras, el antiguo convento plateresco de San Marcos, la casa de Botines construida por el genial Gaudí y las bien trazadas plazas y avenidas de la ciudad moderna, deslumbran a los visitantes y enorgullecen a todos los leoneses.
El niño que va a leer llegará con la mirada limpia a estas páginas, a estos relatos que le conducen a algunos de los episodios y símbolos más nuestros, más leoneses».
Del prólogo de Antonio Colinas «En la lectura del libro he visto el buen tono cercano y desenfadado que utiliza para llegar a sus pequeños lectores». Juan Pedro Aparicio
No es fácil adentrarse y aportar novedad en la temática histórica de "Los Comuneros" toda vez que ha sido estudiada y documentada por prestigiosos historiadores por su carácter referencial y significativo.
En el siglo pasado recorría los caminos leoneses un arriero nacido en Sanabria. Era alto, grande, exorbitante, colosal… con unos largos y fuertes brazos acostumbrados a levantar los sacos de trigo y los pellejos de vino. Sus inmensos ojos azules le llenaban de luz la tez ennegrecida por el sol y el viento de Sierra Culebra