Los zancos o zancas, son artilugios tan antiguos casi como el ser humano. Documentados en prácticamente todos los lugares del mundo, han sido la respuesta ingeniosa de nuestra especie para superar los límites del terreno.
Historia: El origen documentado
Aunque su uso se pierde en la prehistoria, la primera evidencia de personas caminando sobre ellos aparece en la Antigua Grecia (siglo VI a. C.). Conocidos como kōlobathristēs (κωλοβαθριστής), se utilizaban en ritos y teatros para elevar la figura de los actores sobre el resto del coro.
Un ingenio universal
Desde la antigüedad, su uso se adaptó a las necesidades de cada continente:
África: Fabricados más largos para recorrer grandes distancias con menor esfuerzo.
Tribu de los Banna (Eiopía)
Asia: Empleados en festividades y para desplazarse por zonas inundables.
Niño en Filipinas
Francia (Las Landas): Llamadas tchangues, los ganaderos las usaban para vigilar a sus ovejas desde lo alto, y ampliar con ello su rango de visión.
Pastores de los Landes
Uso Común: En el resto del planeta, su función principal ha sido siempre salvar pasos de agua y humedales.
En la Región Leonesa: Zancos y Zancas
En tierras leonesas, debido a su compleja y abundante cuenca fluvial, estos artilugios (llamados zancos o zancas según la zona) fueron una herramienta de supervivencia fundamental. No se limitaban a una sola comarca; su uso estaba generalizado en todo el territorio donde los ríos y las crecidas invernales aislaban fincas y núcleos de población.
Funcionalidad y uso cotidiano
Eran, a efectos prácticos, puentes portátiles. En zonas como las montañas oriental y occidental, se hacían indispensables durante los meses de invierno cuando el río podía alcanzar el metro y medio de altura y las riadas se llevaban los puentes de madera provisionales.
Trabajo: Se utilizaban para cruzar el ganado y acceder a las fincas cargando herramientas como palas, azadas o bieldos a la espalda.
Vida social: Eran el único medio para acudir a ferias, mercados o realizar gestiones en localidades vecinas. Incluso los más jóvenes las empleaban para ir de fiesta entre pueblos, portando linternas en la boca para alumbrar el paso y lanzando las zancas a la otra orilla para que el siguiente pudiera cruzar.
Protección: Para combatir el frío y la humedad, se solían calzar con botas de agua o incluso sobre las propias madreñas.
Construcción y materiales locales
Mujer con zancos. Museo de Riaño
La fabricación de las zancas requería una técnica específica para garantizar la seguridad en corrientes fuertes:
Maderas: Se seleccionaban maderas resistentes y flexibles como el negrillo, el fresno o el haya, preferiblemente cortadas a partir del menguante de septiembre.
El Apoyo: Se buscaba que el soporte del pie coincidiera con el entrenudo natural de la rama para aprovechar la máxima dureza de la fibra. El asiento se reforzaba con un trenzado de mimbre o salguera (belortas), cuya vara, cortada en invierno, permitía el doblado sin rotura.
Agarre al lecho: En la base del palo se colocaba un clavo o punta metálica para que la madera agarrara en las piedras del fondo del río y evitar resbalones.
Testimonio gráfico
El uso de estos elementos se mantuvo vivo hasta finales del siglo XX. Un ejemplo notable es el de la tía Dámasa, vecina de Riaño, de quien se conserva registro gráfico utilizando los zancos con destreza a sus 90 años de edad.
La Tía Dámasa en Riaño, con
Técnica y Construcción
La fabricación varía según la zona y la madera disponible, pero siempre buscando la máxima resistencia:
Materiales: En Omaña se prefiere el negrillo o el fresno (cortados en el menguante de septiembre), mientras que en otras zonas de montaña se usa el haya.
El Apoyo: Se buscaba el entrenudo natural de la rama para ganar dureza. Sobre este punto se trenzaba el asiento del pie con mimbre o salguera (belortas), estas últimas cortadas en invierno para que no rompan al doblar.
Altura: El asiento se situaba generalmente a un metro de altura. A veces se usaban incluso con madreñas calzadas para reforzar la protección contra el frío.
A todas esas personas que, valiéndose de zancas, dedicaron su vida al trabajo, cruzando ríos bravos para acceder a sus fincas y ganados cuando las crecidas destruían los puentes.
Soy berciana, licenciada en filología francesa por la Universidad de Estrasburgo y ex traductora del parlamento europeo. Unos cuantos años alejada de mi tierra, hicieron que al regresar a la misma me diese cuenta de lo penosa que es la vida ahora aquí, y de lo injusto que resulta esta situación si lo comparamos con lo que teníamos. Ello me ha animado a escribir y dar a conocer mi tierra.
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