Saxifraga babiana: planta endémica de León
Dura, resistente y hermosa
El rompepiedras
Cuando nos paramos a pensar en la naturaleza del norte de León, la mente se nos va rápidamente a las grandes cumbres, al urogallo o al oso pardo. Sin embargo, varios de los tesoros más exclusivos de nuestra biodiversidad no tienen garras ni plumas, están pegados a la roca, mudos y ocultos en las laderas calcáreas. El mejor ejemplo de ello es la Saxifraga babiana, una auténtica joya de la botánica que lleva con orgullo el nombre de la comarca de Babia por todo el mundo científico.
Familia común, excepción única
Para entender el valor de esta planta, primero hay que fijarse en su apellido genérico. Las saxífragas (que viene del latín saxum, piedra, y frangere, romper) son una familia de plantas muy común, y abundan por todo el hemisferio norte. Por aquí las conocemos popularmente como "rompepiedras" debido a su asombrosa capacidad para introducir sus raíces en grietas imposibles y disolver los minerales de la roca, logrando sobrevivir donde ninguna otra especie es capaz de hacerlo.

Aunque las plantas de esta familia se pueden encontrar en muchas cordilleras, la Saxifraga babiana es una vecina exclusiva de nuestras montañas leonesas. Esto significa que, aunque existan variedades parecidas en otros lugares, esta planta exacta con sus llamativos colores solo existe en nuestros roquedos. De hecho, para la ciencia es un hallazgo históricamente muy reciente, los botánicos T.E. Díaz y Fernández Prieto la descubrieron y catalogaron en 1982, fijando su cuna oficial en el pueblo de Truébano de Babia.
Una superviviente extrema
La Saxifraga babiana es hermosa. Si nos fijamos en ella en el campo, vemos que es una planta fuerte, dura y perenne, de esas que aguantan el paso de los años. Al tocarla se nota rígida y con una textura pegajosa, casi como si estuviera tapizada de unos pelillos invisibles. Esa especie de resina es su armadura natural: el escudo que utiliza para retener hasta la última gota de agua en mitad de la piedra seca.

Pelillos característicos. Foto de José Quiles
Pero lo que de verdad entra por los ojos es el juego bicolor de sus hojas. Los tallos, que a duras penas levantan unos 30 centímetros del suelo, sostienen unas hojas que son verdes por la cara que mira al cielo y completamente rojizas por debajo, tiñéndose a menudo de un tono purpúreo muy curioso. Ese tinte oscuro le sirve como abrigo y como un protector solar ideal para aguantar las heladas y el clima tan duro de las cumbres babianas.

A la vuelta de la primavera, entre mayo y junio, llega su gran momento: la floración. La planta corona esos tallos con unos ramilletes de flores de cinco pétalos blancos como la nieve. El contraste de ese blanco tan vivo contra el fondo oscuro de la mata es un espectáculo para la vista. Una vez que la flor se marchita, deja paso a un pequeño fruto redondo, como una canica diminuta.

A esta planta no le busques comodidades, no quiere saber nada de prados verdes y fértiles ni de la tierra buena de los valles. Su sitio son los pedregales puros, las fisuras donde parece imposible que haya vida y, muchas veces, los propios muros de piedra seca que nuestros paisanos levantaron en los pueblos.

Se mueve siempre en las alturas, más o menos entre los 1.000 y los 1.300 metros. Es una auténtica especialista en vivir con lo mínimo, en zonas calcáreas y donde apenas hay nutrientes. Allí donde cualquier otra especie moriría de hambre y sed a los tres días, ella se hace fuerte y se adueña del terreno.
Por fortuna, al habitar en lugares tan escondidos, el ser humano no la molesta demasiado en su día a día. Por eso, los expertos la tienen catalogada dentro de la categoría de “Preocupación Menor” en la Lista Roja de la flora española. Esto significa que nuestras poblaciones de saxífraga siguen sanas, fuertes y a salvo en sus imponentes castillos de piedra.
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