Vías romanas en Salamanca: el recorrido del Padre César Morán
Epitafios, puentes, castros y leyendas: el último gran trabajo del sabio agustino leonés, publicado un mes antes de su muerte.
Hoy queremos honrar la memoria de uno de los más ilustres etnógrafos que ha dado la Región Leonesa, el Padre D. César Morán Bardón. En diciembre de 1950, el agustino publicó en la Revista de Obras Públicas el resultado de años de caminatas por la provincia de Salamanca. Su método era sencillo: recorrer, examinar y preguntar. Buscaba las sendas que abrieron los romanos, y por el camino encontró lápidas, puentes, castros, leyendas y hasta un mosaico convertido en cuadra.
Él mismo lo resumió así: estas son las vías principales que recorrían los hispanorromanos por Salamanca, y han sido, en general, las mismas que se usaron hasta el siglo XVII.
¿Quién era el Padre César Morán?
César Morán Bardón nació el 7 de octubre de 1882 en Rosales, comarca de Omaña, provincia de León. Estudió humanidades en la preceptoría de Vegarienza y en 1899 entró como novicio agustino en el Real Colegio de Valladolid. Tras estudiar filosofía y teología, fue ordenado sacerdote en 1907.

Durante unos treinta años fue profesor de francés y de historia en el colegio de Calatrava, en Salamanca. Allí empezó la labor que lo acompañaría toda la vida: la arqueología, la etnografía y la historia. Su primer gran hallazgo fue el dolmen de la Casa del Moro, al que siguieron otros por toda la Región de León, muchos localizados gracias a las leyendas y a lo que le contaban los vecinos. Entre 1922 y 1945 excavó el Cerro del Berrueco, estudió los castros leoneses y llegó a dirigir excavaciones en el norte de Marruecos.
Fue miembro correspondiente de la Real Academia de la Historia desde 1921 y de la Academia das Ciências de Lisboa, entre otras instituciones. Dejó obras como Por tierras de León, Prehistoria de Salamanca, Por tierras de Zamora, Excursiones arqueológicas por tierras de León y El vocabulario del Concejo de La Lomba en las montañas de León. Sus estudios sobre la etnografía de las provincias del antiguo Reino de León están entre sus aportaciones más valiosas.
Murió en Madrid el 19 de enero de 1951, apenas un mes después de publicar el trabajo que recorremos aquí.
La gran vía: la Calzada de la Plata
El Itinerario del emperador Antonino Augusto Caracalla menciona 34 vías romanas en la península. Casi todas siguieron en uso hasta el siglo XVIII, cuando empezaron a sustituirlas las carreteras modernas. Por tierras salmantinas solo pasaba una de ellas: la Calzada de la Plata, el camino número 24, en latín Iter ab Emerita Caesaraugustam. Salía de Mérida, cruzaba la provincia de sur a norte, pasaba el Duero en Zamora y giraba hacia Zaragoza.
En Salamanca tenía cinco mansiones, las paradas del camino:
Caecilio Vico, en Puerto de Béjar, en la explanada junto a la estación del ferrocarril.
Ad Lippos, en Valverde de Valdelacasa.
Sentice, que es la Fuente Santa.
Salmantice, la ciudad de Salamanca.
Sibariam, la actual Izcala, una dehesa en el límite con Zamora.
Cómo se rastrea un camino de hace dos mil años
Las vías romanas eran muchas más que las del Itinerario. Para encontrarlas, Morán se fijaba en los nombres de los lugares: allí donde aparece calzada, o su equivalente árabe alcántara, hubo casi siempre una vía romana. También delatan caminos antiguos palabras como calzadilla, congosto, retortillo o rodillo.

Otras pistas eran los puentes, las inscripciones y la lógica: si dos poblaciones romanas importantes estaban cerca, tenía por fuerza que haber un camino entre ellas. Y es que estos caminos eran incluso anteriores a Roma. Aníbal llegó a Salamanca, y seguramente no lo hizo campo a través.
Inscripciones romanas
A lo largo de las calzadas, Morán fue copiando lápidas. Algunas son pequeñas historias familiares de hace dos milenios.
En el atrio de la iglesia de San Martín del Castañar, junto a la calzada que iba de Aldeanueva del Camino a Ciudad Rodrigo, una lápida dice: "Bolosea, hija de Brevio, vivió 70 años. Aquí yace. Séate la tierra leve. El centurión Reburro, hijo de Tapor, a su madre".
En el Museo de Salamanca está la estela de Boutia, hija de Cloucio, que murió a los 40 años. Arriba lleva una rueda solar de siete radios curvos y, bajo la inscripción, tres arcos como de puente. Morán se preguntaba si serían el puente para cruzar la laguna Estigia, la del reino de los muertos.
En Ledesma, en el ábside de la iglesia mayor, una inscripción de tiempos de César Augusto marca el término entre Bletisa, Mirobriga y Salmantica. De ahí se quiso sacar que Bletisa era Ledesma. Morán lo zanjaba en una línea: ni esta piedra ni las otras lo dicen.
El mosaico que acabó en cuadra
La historia más rocambolesca está en San Julián de Valmuza, en la calzada de Salamanca a Ciudad Rodrigo por Tamames. En 1801, el beneficiado del pueblo ensanchaba su casa y apareció un mosaico romano bien conservado. Tenía tres figuras: un jinete con alas que daba de beber a su caballo con una taza, y dos hombres a pie y con toga. Lo rodeaban fajas con flores, peces y grecas.

El obispo Antonio Tabira mandó levantar unas tapias de ocho pies a su alrededor para protegerlo. Pero cuando los vecinos abandonaron el pueblo, los franceses de paso hacia Portugal usaron el recinto como cuadra de caballos, y después se usó para encerrar cerdos. Los cerdos hicieron más daño con sus hocicos que los caballos con sus herraduras. Cuando el beneficiado volvió en 1815 y vio el estado del pavimento, construyó encima una panera para guardar el grano de los diezmos.
Un rey godo escondido en la Sierra de Francia
Por la calzada de Béjar a Ciudad Rodrigo, en la sierra, persiste una tradición: que Don Rodrigo, el último rey de los godos, se refugió allí tras su derrota en Guadalete. Huyó por la Calzada de la Plata hacia el norte buscando montañas donde rehacerse. Según las historias de España que manejaba Morán, en el año 713 Muza hizo una campaña por tierras de Salamanca, y el rey fue vencido y muerto en la batalla de Segoyuela de los Cornejos.
En esa misma sierra se alza el Castillo Viejo de Valero, una fortaleza en lo alto de una meseta que mide 1.140 metros de sur a norte, rodeada por una muralla de dos metros de anchura. Morán sospechaba que estas fortalezas de las cumbres eran anteriores a Roma y servían de refugio en caso de invasión.
Una rotonda romana en Terradillos
En la calzada de Salamanca a Alba de Tormes, en término de Terradillos, se conservaba un tramo tal como lo describen los antiguos: 6,90 metros de anchura, con dos andenes para los peatones y el centro 40 centímetros más alto que los bordes. En ese trozo el camino se ensancha en un círculo empedrado de 13,50 metros de diámetro. Morán pensaba que era un descanso o un lugar para que se cruzaran los vehículos que iban en sentido contrario.
Por este camino de Alba a Salamanca anduvo en ocasión memorable Santa Teresa, y en Calvarrasa de Arriba hay una fuente con su imagen, con frecuencia adornada con flores. También lo recorrió San Juan de Sahagún.
Reyes, escritores y una antefija por 75 pesetas
Las calzadas salmantinas están llenas de nombres conocidos.
Por la de Salamanca a Medina del Campo vino Fernando el Católico a caballo, en ocho horas, a ver al insubordinado señor de Monleón.
En la misma calzada está Mollorido, que hoy se llama La Carolina. Cervantes hace natural de Mollorido a Diego Cortado, y como los editores modernos no encontraban el pueblo, escribieron "Yo nací en el Pedroso", otro pueblo de la misma calzada.
En Villalba de los Llanos, en la calzada a Tamames, está enterrada Doña María la Brava, delante del altar mayor.
Junto a la calzada a Toro, cerca de Pedraza, apareció una antefija de mármol con la cabeza de Sileno, de barbas intrincadas y labios entreabiertos. Señal de un espléndido edificio romano. Parece que se vendió en Madrid por 75 pesetas.
Caminos con nombre propio
La gente fue bautizando los caminos según lo que pasaba por ellos. Entre Salamanca y Tamames, la vía se llamaba calzada de los Alambres por los primeros postes del telégrafo que se colocaron a mediados del siglo XIX. Más allá era la calzada de los Mailleros, porque por ella bajaban los de El Maíllo con sus recuas cargadas de carbón para venderlo en Salamanca. En la sierra, a la de Béjar a Ciudad Rodrigo la llamaban calzada de Cargamancos, y uno de sus pasos era el Reventón, una cuesta que reventaba a los viajeros y a los animales de carga.
El verraco que encontró un niño de ocho años
Cerca de Olmillos, en la calzada a Ledesma, está el Verraco de la Alameda. Morán supo de él gracias a su discípulo Luciano Olivera, un investigador de ocho años, que le contó que había visto un animal de piedra como otro de su colección, con un agujero muy grande. Morán fue a verlo y allí estaba, en la pared de una tierra: un verraco ibérico de granito de 1,20 metros, y el agujero era el hueco entre la barriga, las patas y la peana.
Puentes de diablos y herraduras de Santiago
Las calzadas que salían de Ledesma dejan algunos de los nombres más sugerentes del recorrido.

Por la Mata de Ledesma se llega a Porqueriza, donde está el puente de los Diablos. Camino de Moral de Sayago aparece el Puente Mocho, de cinco ojos. Y en El Cerezo hay unos grafitos de la Edad del Bronce picados en una peña: la leyenda dice que son las herraduras del caballo de Santiago, que saltó desde las murallas de Ledesma y dejó aquí sus marcas.
Caminos a punto de desaparecer
Morán cerraba su trabajo con un aviso. Algunos poblados abandonados conservaban el acceso al camino, pero las tierras aradas habían borrado toda huella y la tradición ya no decía nada. Las nuevas carreteras dejaban sin servicio esos caminos primitivos, abandonados y prontos a desaparecer.
Fuente: "Antiguas vías de comunicación en Salamanca", investigación del religioso agustino P. César Morán, (diciembre de 1950).
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Autor
Cristina MartínMadrileña de nacimiento con raíces charras y leonesas. Me apasiona la cultura e historia de mi tierra.
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